Una de las grandes diferencias entre la Etapa educativa de Primaria y la Secundaria parece ser la exigencia curricular. Una diferencia que muchas veces, en la práctica, personalmente no aprecio. Pues me encuentro con muchos maestros que ya en los primeros años de Primaria se vuelcan en impartir todo el “temario” como una prioridad.

Una Educación centrada en contenidos

No hablemos en Secundaria y Bachillerato, donde el currículum es el centro y el objetivo prioritario de lo que sucede en las aulas. Todo se supedita a su cumplimiento:

– las relaciones entre los alumnos no existen, el trabajo suele ser individual.

– los tiempos de aprendizaje se aceleran para cumplir el temario.

– los métodos pedagógicos se reducen a la clase magistral, porque “trabajar por Proyectos” ralentiza el aprendizaje y, por tanto, la temporalización.

– la evaluación es meramente numérica.

– no se contempla la diversidad en las maneras de aprender, en las capacidades y los niveles curriculares iniciales.

Sistemas obsoletos ineficientes

Lo que manda es el sistema y las personas deben amoldarse al sistema.

Es algo paradójico. Pues el sistema ha sido creado por personas para ayudar y servir a otras personas.

La función del sistema no es perpetuarse sino servir, ser de utilidad.

Es curioso como la última Ley Educativa, la LOMCE, tiene grandes incongruencias en relación a los objetivos que pretende y en su relación con el intento farragoso de estandarizar los contenidos que se deben enseñar y mejorar la evaluación.

Porque la LOMCE pretende ser progresista, abandonar una Educación centrada en los contenidos para que los alumnos desarrollen las competencias “Básicas” (mala traducción, ya que la literal es “Clave”. Básica se puede entender como mínima. Clave se refiere a su importancia), recogiendo las recomendaciones de la Unión Europea en materia de Educación en el marco de las Competencias Clave.

Pero he aquí que para garantizar una estandarización de la Educación en todo el Estado-centros-aulas se recurre a una evaluación basada en estándares de aprendizaje, que supuestamente miden, en todos por igual, la consecución de esas Competencias. Y cuanto más concretos se hacen esos estándares en cada asignatura más definido queda el currículum que se debe impartir, obligando al docente a ceñirse a esos estándares de evaluación.

Se llega hoy día a la simplificación de usar los estándares de la asignatura como preguntas de exámenes (no es que ésto sea algo malo en sí mismo) por lo que al final estamos haciendo lo mismo que antes: evaluar la adquisición de contenidos; cambios cosméticos sin que haya cambios reales.

Una competencia Clave tiene tres dimensiones: saber, saber hacer y querer hacer.

Las Competencias Clave no son contenidos

Una competencia es genérica y amplia. Los alumnos la pueden desarrollar de múltiples formas según sean sus talentos y según su manera individual de aprender a partir de sus propias estrategias (tengamos en cuenta el modelo de inteligencias múltiples).

Por ejemplo, una competencia como el Emprendimiento se puede aplicar a muchos ámbitos de la vida, se puede aplicar en economía y en lo social, en lo artístico y en lo científico.

El celo de dar todo el currículo para “ser buen profesional de la educación” y que no haya nada por lo que ser “recriminado” suele provocar saturación. La saturación de contenidos, lejos de ayudar a los alumnos, los aleja de la excelencia.

A los profesores los presiona, porque son en general muy extensos, y los centra en los contenidos como algo prioritario.

Si se quiere abordar todo el temario hay que enseñar muy deprisa, hay que forzar los ritmos naturales del aprendizaje que son más pausados.

La extensión de los currículos, con la finalidad de mejorar la calidad de la Enseñanza, no mejora los aprendizajes, sino que los dificulta y nos empuja a una “educación bulímica” que no profundiza ni “nutre” las necesidades formativas ni esenciales de los alumnos.

Desarrollar currículos “Vivos”

Si vamos a una Educación basada en Competencias y no en contenidos los estándares deben dejar de ser eso, “estándares” obligatorios, para que los currículos sean algo vivo, no dogma ni “letra muerta”. Y algo está vivo si es algo flexible, que se mueve y se relaciona, se adapta y aporta valor:

– Relacionado con los intereses de docentes y alumnos.

– Aporte valor a los alumnos en función de su realidad y su vida.

– Flexible para contextualizarlo a las características específicas de cada centro y de su Comunidad Educativa.

Y sólo será un Currículo Vivo si forma parte de los intereses, aspiraciones y necesidades de los usuarios del sistema educativo: los alumnos, la familia, la sociedad.

Todo se hace para ellos, pero sin ellos. ¿Nos suena de algo esta suficiencia despótica de poder o de autoridad que no escucha ni tiene en cuenta a aquél a quien dirige supuestamente su esfuerzo o servicio?

Un sistema es útil cuando cumple con las necesidades para el que fue diseñado.

Un sistema se torna obsoleto cuando deja de cumplir adecuadamente su función. Y constatado este hecho necesita actualizarse, reformarse, re diseñarse o transformarse.

Es curioso como hay cierto empeño hoy día en mantener sistemas que con los acelerados cambios sociales y tecnológicos se han tornado inservibles o poco eficientes.

Conservar lo conocido nos da seguridad pero en la rigidez perdemos la creatividad y la necesaria innovación.

El Sistema Educativo debe contemplar en sus funciones, por encima de las formativas y adaptativas, ser medio adecuado para garantizar la autorrealización en un contexto del bien común.

Y eso implica la idea de Bienestar.

Un sistema ha de ser garante, en primer lugar del Bienestar de sus usuarios. Cuando un sistema busca perpetuarse, olvidando servir a sus usuarios, aportarles valor, se torna inútil.

Entonces se desecha o se transforma.

Los acelerados cambios que estamos viviendo empujan a los docentes a transformarnos en relación a la nuevas necesidades que van surgiendo.

Nos olvidamos de que enseñar más cosas no garantiza que se aprenda más y mejor.

En Educación el tiempo no puede medirse por productividad; es decir, por producir cosas. El tiempo se mide en función de las necesidades de los alumnos. Y el tiempo para el aprendizaje deben marcarlo ellos.

Como docentes hemos de revisar si estamos centrando nuestra sensación de valía en dar el temario y evaluar resultados en lugar de mejorar cómo hacemos que los alumnos aprendan mejor y disfruten aprendiendo. sí,todavía seguimos creyendo que aprender es algo ingrato. ¿No será que en general no se sabe enseñar de otra manera? ¿No será que nos cuesta demasiado cambiar nuestra manera de hacer las cosas aunque se observe que no da los mejores resultados?

Pues vuelvo a recordar la frase de John Dewey, que a pesar de tener muchos años sigue con total vigencia:

“Si enseñamos a las generaciones presentes como se enseñó a las generaciones anteriores les estaremos robando el futuro”.

Los docentes hemos de ser ante todo sembradores de futuro, creadores de expectativas, inspiradores de horizontes inalcanzados.

Dejemos que nuestros alumnos nos superen. No hay nada más grande para un docente que el ver a un alumno llegar más lejos, sabiendo que fuimos inspiradores de esas alas que lo impulsaron hasta allí.

El día en que la placa que recibe en mi centro deje de poner “Centro de Enseñanza” y sea sustituida por la denominación de “Centro de Aprendizaje” estaremos dando un gran paso para todo ello.