Ya vamos por la tercera sesión del “Curso de Bienestar Docente y motivación”,  descubriendo y profundizando en aquellos factores que dependen de uno mismo para sentirnos realizados en esta maravillosa profesión que es la docencia, y en la que muchos se  sienten frustrados y a la vez frustran.
Es esa cualidad ambivalente de la que hablaba ya José Manuel Esteve y por la que unos la disfrutan tanto y otros la padecen; y de qué manera.
Si el profe no está a gusto en el aula, ¿Quién lo puede estar? Reflejamos en ella lo que somos. Y nuestros alumnos saben calibrar con mucha exactitud cómo estamos.
Se trata de re-aprender. Aprender a Ser desde otra mirada, desde otro estar que ya no se engancha en el conflicto, sino que aprovecha los conflictos para aprender y enseñar. Y este es un juego que antes era impensable. Porque para que las cosas cambien el que tiene que cambiar soy yo. Primero yo y luego todo lo demás.
Eso me enseñaron mis crisis personales. Que podía aprender de ellas a seré mejor persona, y sobre todo a rozarme menos, a hacer menos ruido; tener menos aristas y más redondeces, para ser más feliz con los demás.
En esta tercera sesión trabajamos la gestión emocional y cómo es importante para nuestro desempeño aceptar las emociones, pues nos aportan información auténtica (sin procesar por el filtro mental) de lo que nos pasa y de lo que necesitamos. Sin embargo no estamos entrenados a escuchar y menos aceptar nuestras emociones. Pues vivimos sobre todo en la órbita mental y en sus parloteos distorsionadores o anestesiantes.
Como decía Carl Rogers: “Paradójicamente, cuanto más me acepto más fácil me resulta cambiar y mejorar”.
A partir del “Todo está bien”, o del “No preocuparse por ná” (antológica frase de mi amiga Ana Ferrer, directora de las Aulas Hospitalarias, en las que impartimos el curso) podemos ver amablemente qué podemos mejorar, pero sin conflicto, sin resistencia.
Seguimos descubriéndonos un poco más por dentro.