Miramos el mundo a través de las ventanas de nuestra casa. Podemos ver el cielo, la fachada de enfrente. Y con suerte hasta podemos desde arriba tener una vista más amplia de nuestro barrio. En este tiempo de confinamiento y libertad limitada se nos hacen más indispensables las ventanas para conectar el adentro y el afuera… Salir a tomar una bocanada de aire y seguir pacientemente en la espera a que reinicie nuestra vida.

Luego están las ventanas digitales; nuestras pantallas amplifican esas ventanas de nuestras paredes y nos conectan con muchos otros, con el mundo.

También está ese otro tipo de ventana de naturaleza sutil: las ventanas del conocimiento, las ventanas de la conciencia… que son fruto del aprendizaje y de la reflexión, y que nos abren espacios de proyección para ampliar nuestra visión y nuestros horizontes.

Detrás de cada ventana hay una mirada. De hecho, es la mirada la que abre la ventana.

Abriendo ventanas internas

Estos días que hemos de quedarnos en casa son una invitación a descubrir esa otra mirada hacia adentro, esa que observa los paisajes de nuestro interior: a veces grises, otros luminosos, tormentosos y afables, tan variados… Nos hablan de nosotros y de esa doble naturaleza cambiante y también perdurable; que nos lleva a apreciar lo esencial en medio de lo superfluo.

Esa mirada interna es también la que acompaña y cobija en la distancia a tantos amigos y familiares a través de palabras que abrazan y deseos que curan.

Estamos reeducando nuestra mirada hacia una mirada más apreciativa, que nos hace caer en la cuenta de todo aquello que vemos perdido o distanciado y que no tiene precio, porque es de un valor incalculable: los afectos, la naturaleza, los amigos, la libertad…

Hay circunstancias que no podemos cambiar, y pérdidas que no podemos recuperar. Lo que siempre nos queda es la libertad última de elegir nuestra actitud ante los retos, las dificultades y las pérdidas para resurgir de ellas con nuevos valores y fortalezas que aportar a la vida y a los demás.

Trenzando redes para generar ecosistemas educativos

Las clases por videoconferencia con mis alumnos son un respiro y un momento muy especial en esta cuarentena. Me sacan de mi confort y me despiertan con la actitud docente. Activan esa disposición energética para estar disponibles a las necesidades de los otros.

La pantalla del ordenador se llena de pequeñas ventanas desde las que tejemos una red para el compartir, el cuidado y el aprendizaje. Y conectamos hogar con hogar.

Nos preguntamos cómo estamos. Nos alegramos de vernos. Echan de menos las clases en el aula, igual que yo.

Cada una de esas ventanas muestra un espacio personal. Una puerta entreabierta que desvela algo más de la intimidad personal que ahora se comparte. Tal vez asoma otra persona. Se apaga una ventana, luego vuelve a conectarse. Una niña saluda alegre y vuelve a sus juegos.

Cada recuadro en la pantalla es una vida, un universo que ahora concebimos muy especial y frágil para cuidarlo, alentarlo y desarrollarlo.

Muchas veces el aprendizaje es una excusa necesaria, un objetivo a partir del que se cumple otro mayor: la maduración de los talentos, capacidades y potencialidades de las personas a las que llamamos alumnos. Los docentes también maduramos en ese proceso si nos predisponemos a crecer con la experiencia.

En estos momentos de confinamiento la Educación sigue funcionando.

Más allá de los deberes y tareas que vamos preparando, enviando y corrigiendo hay una dimensión educativa que ahora se revela con más fuerza: la de conectar personas que generan comunidades de aprendizaje.

Como en un bosque, donde los árboles se comunican de maneras insospechadas. Pareciera que en su aparente inmovilidad hay mucho dinamismo para generar cooperativamente el rico y diverso ecosistema de vida al que dan amparo.

Los docentes seguimos trabajando cooperativamente confinados en casa en una comunidad de aprendizaje ampliada para trenzar y sostener esas redes que surgen del altruismo y la vocación de servicio en la generación de ecosistemas de aprendizaje más activos que nunca.

Cambiar la mirada

Dentro de poco iremos recuperando nuestra libertad y nuestra vida se relanzará, anhelando que este tiempo difícil no pase sin haber crecido un poco, sin haber abierto nuevas ventanas internas a nuevas visiones más luminosas, inclusivas y universales, sin haber dado lo mejor de nosotros mismos a la vida.

La Escuela con mayúsculas es la Vida. Aprender sus lecciones es cambiar nuestra mirada. El mundo entero está aprendiendo en estos momentos una nueva manera de mirar la vida y mirarnos a nosotros mismos.

Vaya un aplauso silencioso de admiración para los docentes que en este confinamiento mantienen viva la llama del aprendizaje, porque hacen presentes en sus corazones a sus alumnos y se comprometen para velar por su desarrollo como personas.